Murales de Buenos Aires

Por Julián de Dios para Revista Noticias

La calle volvió a ser el escenario más importante de las grandes metrópolis. Actualmente, algunas de las cosas más interesantes de una ciudad suceden en la calle. Ya sea en las veredas de sus cafés, en las ferias que se organizan en los parques, en los conciertos casuales que se arman en las peatonales, y en los muros donde artistas reconocidos o ignotos se expresan a cielo abierto. Esos colores y sonidos son signos de una ciudad que está viva. Y al caminarla, se comprende que Buenos Aires es una de las metrópolis más vitales del mundo. Nadie puede ser indiferente a sus músicos callejeros, bocinazos, jacarandas en flor, marchas y contramarchas, parrillas al paso y, de eso estamos hablando, sorprendentes muestras de arte urbano que se esconden en los lugares más originales. Algo que no es casual, pues los porteños siempre vimos en las paredes blancas de la ciudad una posibilidad de expresarnos, ya sea para una contundente pintada política como para una sutil declaración de amor.

Al principio visto con indiferencia por los vecinos y tolerado por las autoridades municipales (que actualmente promueven su desarrollo), los graffitis, stencils y murales lograron vencer al tiempo y poco a poco se convirtieron en parte del paisaje urbano. Esa mezcla de libertad e indiferencia logró que broten verdaderos referentes porteños como El Marian, Martin Ron, Alfredo Segatori, Georgina Ciotti, Milu Correch, Jaz, y Lean Frizzera, por mencionar sólo algunos de una muy larga lista. Todos ellos hoy trabajan no sólo en Buenos Aires sino que son invitados a las principales ciudades del mundo. Y a su vez, artistas internacionales reconocidos, como Blu, Ayrz, Millo, Spok, o Rodríguez-Gerada llegan a Buenos Aires y encuentran en las paredes de los barrios porteños una libertad que añoran en sus países de origen.

“David” (2015), de Jorge Rodriguez-Gerada (Cuba / Estados Unidos), Venezuela esquina Tacuarí. San Telmo

Cuando recorro New York, París, Berlín o Londres buscando datos y novedades para actualizar las guías de viaje, siempre dedico un día a caminar en busca de murales callejeros, graffitis o stencils. El arte callejero suele ser una buena señal para descubrir distritos olvidados que en poco tiempo se pondrán de última moda. Sucedió con Brooklyn en New York, con Friedrichshain y Kreuzberg en Berlín, con Belleville en París, con Vila Madalena en Sao Paulo, con Wynwood en Miami, con San Lorenzo en Roma o Shoreditch en Londres. Una tendencia urbana, que si seguimos la ruta de colores, aquí  podemos ver en Barracas, San Telmo, Chacarita, La Boca…

Y no se trata de decoraciones banales para adornar emprendimientos inmobiliarios. En seguida reconocemos el bandoneón de Astor Piazzolla, la paleta de Quinquela, una pareja bailando un tango mejilla a mejilla, el durazno sangrando del flaco Spinetta, la enorme sonrisa de Carlitos, “el Diego” abrazado a “Pichuco”,  un pibe jugando a las bolitas, el Eternauta defendiendo la ciudad, la rayuela de Cortázar, un payado durmiendo junto a su bicicleta, Federico Peralta Ramos lanzando uno de sus poemas, un hombre mateando en la vereda junto a su perro… en pocas palabras: imágenes profundas del alma  de nuestra ciudad.

Para descubrirlas lo ideal es lanzarse a “flanear” por Buenos Aires, cámara en mano, prestando atención a los detalles, porque a diferencia de lo que sucede en otras ciudades, aquí se pueden encontrar maravillas en los rincones más insólitos. Y de paso, aprovechar el paseo para comer en un bodegón como El Puentecito o El Obrero, tomar un vermú en un bar como La Flor de Barracas o simplemente detenerse a mirar un picado de fútbol en alguna placita.

“El regreso de Quinquela” (2013), de Alfredo Segatori (Argentina), San Antonio y Lavadero, Barracas

Algunas pistas: en las orillas del Riachuelo, a pasos del viejo puente Pueyrredón, Alfredo Segatori homenajeó a Quinquela Martín en “El regreso de Quinquela”, uno de los murales más grandes del mundo.  Cerca de ahí, Martín Ron pintó a “Pedro Luján junto a su perro”  bajo una tortuga gigante que parece flotar. Y si bien fue alterado por una pintada política sin escrúpulos, sigue siendo uno de las imágenes más hermosas de Barracas. A pocos metros de la Avenida 9 de Julio, en una descascarada medianera de un estacionamiento de Monserrat, el cubano Jorge Rodríguez-Gerada hizo un retrato gigantesco de “David” un chico de la calle que conoció en el centro educativo Isauro Arancibia. Su mirada es muy difícil de olvidar. No necesita caminar mucho para encontrarse con el caballo que anda en bicicleta por la Avenida Independencia que imaginó Ayrz, o con el hombre con escafandra escapando del apocalipsis en un viejo caserón de San Telmo, Pero esta es una lista tan injusta como corta, porque las paredes son un catálogo que crece noche a noche y que convierte a Buenos Aires en una galería de arte al aire libre donde sólo hay que saber mirar.

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